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Lengua de señas
Restos de un ejemplar de perezoso antiguo, pariente del perezoso actual, que está siendo reconstruido en el Museo Geológico Nacional José Royo y Gómez.
Sobre una mesa del laboratorio de paleontología del Museo Geológico Nacional, en la sede de Bogotá del Servicio Geológico Colombiano (SGC), reposan decenas de fragmentos de roca, conchas y huesos endurecidos. Algunos conservan formas reconocibles, como vértebras o costillas de algún animal prehistórico, mientras otros se asemejan a trozos de madera astillosos o de sedimentos. A partir de esos restos, así como de una gran capacidad de observación, los paleontólogos reconstruyen la estructura física de organismos que habitaron la Tierra millones de años atrás.
Para que un fósil de un organismo que alguna vez estuvo vivo llegue hasta el laboratorio y, más aún, se estudie por completo, deben pasar muchas cosas, por ejemplo, no solo encontrar el espécimen, sino evaluar cómo extraerlo, teniendo en cuenta que este puede estar disperso en un terreno por cuenta de los depredadores que, en su momento, se alimentaron de él, así como por efecto del agua, el viento y la erosión a lo largo de miles de años.
“En algunas ocasiones quienes encuentran los fósiles no son paleontólogos, sino personas que habitan o recorren lugares con valor paleontológico. Los extraen sin los cuidados adecuados y, con ello, se pierde información valiosa, como la posición original del individuo, que es clave para comprender qué ocurrió antes y después de su enterramiento”, explica Cristian Benavides, líder de investigaciones paleontológicas del Museo Geológico del SGC. Por ello recalca que, en caso de hacer un hallazgo de este tipo, los ciudadanos deben reportarlo al Servicio Geológico Colombiano para que los expertos puedan determinar los pasos a seguir.
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Una vez recuperados, los restos deben pasar por un proceso conocido como preparación paleontológica. Allí se retira cuidadosamente la roca que los rodea, se estabilizan sectores frágiles y se corrigen fracturas que podrían comprometer su conservación. En algunas ocasiones, para que la extracción del fósil sea más segura, los expertos responsables de su recuperación en terreno crean una capa de yeso a su alrededor. De esa manera se saca en una placa completa que luego se retira en el proceso de preparación en el laboratorio.
Para los fósiles que no se extraen de forma completa, los investigadores deben reconstruir su forma. En este proceso, que es como jugar a un rompecabezas de mil piezas, los paleontólogos definen si los fragmentos pertenecen al mismo individuo, qué parte del cuerpo representan y cómo se relacionan entre sí. Algunas respuestas aparecen rápidamente; otras requieren meses o años de observación y comparación con ejemplares hallados en distintas partes del mundo.
“Armar un fósil no es solo poner las piezas físicas en su lugar. Esa es apenas la primera etapa. Después viene reconstruir la historia que cuenta ese organismo y entender qué le ocurrió desde que murió hasta que lo encontramos”, explican Cristian Benavides y su compañero, el investigador Daniel Pomar, mientras señalan los fragmentos de un antiguo mamífero, que creen que pudo ser familiar del oso perezoso actual, dispuesto en una de las mesas del laboratorio hace más de dos años.
“De este individuo, por ejemplo, aún falta poner muchas piezas en su lugar, no solo físicamente, sino con información que nos permita llenar vacíos de conocimiento. Estos procesos no son lineales por varias razones: a veces nos falta tiempo porque siempre estamos investigando varios fósiles al mismo tiempo y, otras veces, nos faltan recursos para financiar lo que hacemos”, explica Pomar.
Los tiempos de investigación pueden variar considerablemente de un ejemplar a otro. Uno de los casos más conocidos es el del tiburón prehistórico estudiado por investigadores del SGC y la Universidad Nacional, cuya investigación se extendió durante cerca de siete años. Durante ese periodo, el equipo no solo preparó y analizó los restos, sino que incorporó nuevas metodologías y tecnologías que permitieron responder preguntas que no habían sido planteadas al inicio del proyecto.
Dientes del Protolamna ricaurtei, una especie gigante de tiburón lamniforme que nadaba en aguas que hoy corresponden al altiplano cundiboyacense.
Algo similar ocurrió con algunos reptiles marinos hallados en Sáchica (Boyacá), cuyos estudios tuvieron que interrumpirse durante varios años por falta de financiación antes de poder retomar y culminar con nuevas publicaciones científicas.
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En las labores pacientes y meticulosas de recuperación, preparación, armado y estudio, los especialistas no solo usan métodos de conservación de los fragmentos fósiles, sino que también los registran con detalle mediante fotografías, dibujos, mediciones y descripciones que servirán de base para otras investigaciones, pues saben que luego de sus hallazgos vendrán otros paleontólogos con ojos frescos para ampliar los caminos del conocimiento que ellos ya han recorrido.
El momento de las preguntas
Tras la fase de reconstrucción, comienza la de interpretación de las evidencias. Para ello los investigadores buscan responder preguntas sobre la identidad del organismo, el entorno que habitaba y las circunstancias que permitieron su preservación. Incluso los restos más fragmentarios pueden aportar información inesperada: una marca sobre un hueso, una fractura antigua o un diente incrustado en otro ejemplar pueden ofrecer pistas sobre interacciones entre depredadores y presas, enfermedades, comportamientos o procesos ocurridos después de la muerte del animal.
En ese sentido, el valor de un hallazgo no depende necesariamente de qué tan completo esté el fósil. A veces un fragmento aislado permite responder preguntas que esqueletos completos no alcanzan a resolver. Aunque la imagen popular de la paleontología suele estar asociada a descubrimientos espectaculares en campo, buena parte del conocimiento se produce en los laboratorios, donde el análisis puede extenderse durante largos periodos.
“Cada uno exige paciencia porque, a medida que avanzamos, aparecen nuevas preguntas y detalles que antes no podíamos ver”, afirma Benavides. Por eso, una investigación rara vez concluye de manera definitiva. Nuevos hallazgos, tecnologías y enfoques pueden llevar a revisar materiales estudiados décadas atrás y encontrar aspectos que habían pasado inadvertidos.
Cada fósil estudiado por el Servicio Geológico Colombiano aporta información sobre ecosistemas desaparecidos, antiguos mares, organismos extintos y procesos geológicos que moldearon el territorio nacional. Comprender qué especies existieron, cómo interactuaron y bajo qué condiciones quedaron preservados permite reconstruir capítulos fundamentales de la historia natural del país y del planeta.
En últimas, el trabajo no consiste solamente en recuperar restos antiguos. Se trata de reunir evidencias dispersas para comprender cómo era la vida mucho antes de la aparición de los seres humanos y cómo esos procesos ayudaron a configurar la biodiversidad que caracteriza hoy a Colombia.