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En la Sala de Micropaleontología Hermann Duque Caro, ubicada en la sede central del SGC, un grupo de investigadores desentraña grupos de microfósiles de muestras de rocas, tomadas en distintos lugares del país, con el propósito de encontrar información clave sobre el pasado del planeta.
Por siglos, los científicos han buscado en las rocas las claves del pasado de la Tierra y, como una muestra más de ello, desarrollaron la micropaleontología, el estudio de fósiles microscópicos que, con el paso de millones de años, quedaron depositados, en una vasta mayoría, en los fondos oceánicos del planeta.
Una muestra significativa de estos organismos, que se ven bajo una lupa binocular como conchillas de distintas formas, están en el SGC, en la Sala de Micropaleontología Hermann Duque Caro, donde reposa la gran colección que hizo este conocido geólogo (1935-2015) a lo largo de cinco décadas en la investigación y la ciencia. Allí también hay muestras procesadas a partir de los núcleos de sedimentos marinos de la Litoteca Nacional del SGC.
Así lo explica Diana Espitia, geóloga del Grupo de Trabajo de Cartografía del SGC, quien ha contribuido al estudio de microfósiles encontrados en sedimentos profundos del océano Pacífico, frente a la Bahía de Buenaventura, así como de formaciones rocosas del Caribe, ubicadas en cercanías a El Carmen de Bolívar (en los Montes de María). Pero, ¿qué es lo que estos organismos, que han existido y evolucionado duranteal menos 700 millones de años, pueden contar sobre el planeta?
La forma, tamaño y composición de los microfósiles varían según las condiciones en las que se desarrollaron, lo que los convierte en herramientas excepcionales para reconstruir el pasado geológico, climático y ambiental. “La Sala de Micropaleontología del SGC se acondicionó a inicios de 2024 para un proyecto que hicimos en El Carmen de Bolívar gracias a los recursos que obtuvo la entidad en una convocatoria del Ministerio de Ciencia y la Agencia Nacional de Hidrocarburos en 2022”, explica Espitia.
Agrega que gracias a este estudio no solo se adquirió información sobre los ecosistemas que existieron hace 15 a 37 millones de años (Mioceno medio - Eoceno tardío), sino que se determinó, gracias a los microfósiles, el área geográfica en la que se depositaron un conjunto de sedimentos que hoy constituyen unidades rocosas. Este proyecto se basó en la investigación de foraminíferos, organismos unicelulares marinos con esqueletos de carbonato de calcio y sílice que son claves para fechar rocas (a través de la técnica de la bioestratigrafía). Estos se acumulan generalmente en ambientes marinos someros y profundos, y son determinantes para entender las corrientes oceánicas y otras condiciones antiguas del agua.
Sobre la Sala de Micropaleontología…
Jairo Alexander Duarte, geólogo del Grupo de Trabajo de Cartografía del SGC, quien ha trabajado conjuntamente con Diana Espitia en este espacio, explica que la sala cuenta con dos áreas: una para la preparación de muestras y otra para la observación de las mismas a través de equipos especializados como estereomicroscopios o lupas binoculares. Esto, teniendo en cuenta que, aunque hay microfósiles que pueden apreciarse a simple vista y que pueden alcanzar el tamaño de una semilla de ajonjolí, otros son tan pequeños que pueden ocupar la mitad del espacio del ojo de una aguja.
“Tenemos herramientas como lupas binoculares que pueden hacer hasta 200 aumentos de tamaño y que tienen un sistema de correcciones para que se observe la imagen con el mínimo de distorsión”, dice, y añade que es así como determinan las características de los microfósiles, especialmente los foraminíferos, para extraer información que aporta a la descripción de rocas y, con ello, al establecimiento de límites geológicos de las unidades rocosas para la elaboración de mapas (cartografía).
Los foraminíferos también son la base de la bioestratigrafía, que se traduce entender la evolución que tuvieron estos organismos en épocas remotas. Este proceso evolutivo se refleja en las variadas formas de las conchillas, las cuales se acumularon en diferentes tipos de rocas sedimentarias y, hoy, pueden asociarse a una edad geológica específica (ej: Cretácico, Mioceno, Plioceno o incluso Reciente). “Nos llegan rocas de diferentes lugares del país, de diferentes edades del tiempo geológico, y tenemos la capacidad de diferenciarlas y de darles esa aproximación para que el geólogo que está en campo o que está haciendo el mapa pueda tener unos límites mejores, más específicos entre uno y otro cuerpo de roca”, explica Duarte.
Las posibilidades de conocimiento que hay detrás de los microfósiles no acaban ahí. Edward Salazar, lider de la línea de investigación en geología oceánica del SGC, cuenta que estos microorganismos son tan sensibles a las variaciones climáticas, la salinidad, la disponibilidad o no de comida, la turbidez del agua, entre otros aspectos, que pueden arrojar información clave para el campo de estudio del paleoclima.
Este se ocupa de reconstruir el clima del pasado con múltiples fines, entre ellos desarrollar modelos predictivos sobre cómo será el clima del futuro. Esta información es especialmente relevante en el contexto de la crisis climática global actual, en el que estudiar y entender nuestros océanos es indispensable para preservarlos como fuentes primarias de la vida en el planeta Tierra.
Por otro lado, dice Salazar, “los microfósiles nos hablan mucho de la batimetría, es decir sobre la profundidad de los océanos. Por ejemplo, gracias a los foraminíferos bentónicos podemos saber a qué profundidad estaba la roca cuando se estaba formando”. Este tipo de datos permiten que los científicos puedan saber cómo era la plataforma marina o el talud continental hace millones de años, y realizar reconstrucciones paleoambientales.
Los microfósiles también dan información sobre el presente y sobre la salud de los océanos. Un ejemplo de esto es el estudio de sedimentos recientes obtenidos de las profundidades del océano Pacífico, el cual constituye uno de los primeros reportes a nivel nacional de ese tipo microfauna y, a la vez, una de las primeras “radiografías” del estado actual de los fondos oceánicos de la zona.
Generar este tipo de conocimiento, explica Salazar, ha sido tradicionalmente una tarea de biólogos, “pero ellos se enfocan principalmente en macrofauna…La microfauna ha sido poco estudiada y nosotros estamos en esa tarea, lo que quiere decir que vamos a generar información muy útil para otras disciplinas, como la oceanografía y la biología”.
Por razones como estas, es poco probable salir de la sala de micropaleontología Hermann Duque Caro sin asombrarse. Con una sola célula, cada uno de los microorganismos estudiados allí logró conformar una “casita” única que, por miles o millones de años, se conservó en una roca y llegó a nuestros tiempos para contar secretos sobre el pasado del planeta. Ahora nuestros geocientíficos tienen la misión de revelarlos para entender los ecosistemas marinos de una manera más integral.