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 Rosalba Salinas

 Rosalba Salinas, una geóloga que se supo “ganar” su lugar

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​​Durante muchos años, en el ejercicio de la geología, esta mujer tuvo que demostrar, una y otra vez, de qué estaba hecha. Su persistencia y amor por el trabajo la convirtieron en una profesional respetada en un mundo predominantemente masculino. Aquí su historia.

​Una de las grandes pasiones de Rosalba Salinas en su vida como geóloga, fue poder dedicarse a proyectos relacionados con la mineralogía. En la imagen, tomada en 1983, se observa a la geóloga en el afloramiento del Nevado del Ruiz.

Ni las montañas más empinadas ni los montes más agrestes, y si que menos las miradas de recelo de colegas hombres, desanimaron a Rosalba Salinas en su propósito de convertirse en una geóloga respetada en su campo. El antídoto ante los desafíos físicos y mentales siempre estuvo claro: la disciplina. Fue lo que la impulsó a terminar la carrera de geología, aún cuando era una de las contadas alumnas de la carrera en la Universidad Nacional (sede Medellín).


También, lo que la llevó a trabajar en Ingeominas, en la sede de Bucaramanga, después de un rechazo en la de Medellín (un funcionario de la época le dijo que “no podía cuidar mujeres”); lo que la hizo postularse y ser elegida como participante de proyectos internacionales de investigación, realizados en asocio con colegas japoneses y alemanes; y lo que, en general, la mantuvo entusiasmada con su labor, incluso después de haberse jubilado (trabajó por varios años después de su retiro para varias compañías). 


Todo esto, quizá, puede generar gracia si se tiene en cuenta que Rosalba llegó a la geología como segunda opción. Desde el colegio siempre soñó con estudiar medicina, y estaba convencida de que ese sería su camino.  Sin embargo, en este se le atravesó “Viaje al centro de la Tierra”, un libro magistralmente narrado por Julio Verne que, según cuenta, despertó en ella el interés de dedicarse a estudiar las rocas y minerales. De no ser por esa obra literaria, las cosas hubieran sido distintas, pues hasta entonces no tenía otros referentes sobre lo que significaba descubrir los misterios ocultos del planeta. 


“En mi familia nadie se dedicó a las ciencias”, dice, “pero hubo algo que sí me marcó: el hecho de pasar mis primeros años viviendo en una finca familiar, un lugar cerca a Manizales en el que había muchos árboles, una quebrada y varios caminitos en los que me gustaba mucho explorar y observar…Tal vez por eso, siendo geóloga, disfruté tanto el trabajo de campo. Siempre me sentí muy cómoda en el monte y en la selva, a pesar de que las condiciones fueran difíciles”, recuerda. 


Otra de las afinidades que tuvo desde siempre con la geología, sin saberlo, fue el estudio de las matemáticas (fue una de sus materias favoritas en el colegio). Por eso, durante la carrera estas estuvieron lejos de significar un problema. De hecho, asegura ella, no hubo ninguna asignatura de la carrera que no fuera para ella una gran aventura de aprendizaje y disfrute. Sin importar si estaba en una peña o un río, o si se pasaba jornadas enteras analizando muestras con microscopio en un laboratorio, Rosalba encontró fascinación en cada reto de esta ciencia. 


A finales de los años 70, cuando inició su experiencia laboral en el Ingeominas, Rosalba se dedicó a hacer cartografías geológicas en municipios santandereanos como San Gil, Socorro y Simacota. En esa época, aprendió que, al igual que sus compañeros hombres, ella tenía todas las habilidades para hacer trabajos de campo sola. “Inicialmente, por ser mujer (era la única), me empezaron a asignar zonas de más fácil acceso. Con el tiempo, mis compañeros hombres se quejaron, y con eso aprendí que era tan capaz como ellos”.  


Sin embargo, en el camino no solo tuvo que demostrarse a ella misma que tenía lo necesario para ser una buena geóloga, sino que también tuvo que enfrentar presiones de colegas para demostrar que estaba en el lugar correcto. “A mí era la primera que me preguntaban cosas, me revisaban libretas, me pedían resultados…Eso tuvo un lado negativo, que era la necesidad de siempre probar que yo merecía estar ahí, mientras muchos de mis compañeros no debían enfrentar esos cuestionamientos. Sin embargo, también tuvo algo de positivo: que siempre me exigí para estar preparada”. 


En los años 80, Rosalba se fue a trabajar a la sede Medellín del Ingeominas, y desde allí pudo participar en dos procesos de investigación que la marcaron: uno relacionado con exploración de oro, que se llamó La Vega-Almaguer, en el que trabajó de la mano de geólogos japoneses que llegaron al país a través de un convenio con la Entidad. Y otro asociado con exploración de platino en el Chocó, en el cual compartió créditos con colegas alemanes. De ambas experiencias tiene anécdotas que le sacan sonrisas.



Rosalba Salinas con sus compañeros del proyecto de exploración de oro en la Vega-Almaguer.1984. Rosalba Salinas con sus compañeros del proyecto de exploración de oro en la Vega-Almaguer.1984.


“Yo me postulé al proyecto de los japoneses con mi hoja de vida, que no tenía foto. Por eso cuando llegaron y se dieron cuenta de que era mujer, no salían de su asombro. En las labores de campo no me dejaron quedarme en la misma casa que todos los geólogos hombres, sino que me mandaron a dormir a la casita en la que se quedaba la señora que nos cocinaba…”, se ríe, y añade que los japoneses también se demoraron más tiempo entrenándola a ella que a sus compañeros, pues en principio no querían dejarla sola en sus actividades de campo. 


De los alemanes, por su lado, recuerda sentirse deslumbrada con la capacidad técnica y tecnológica, además de complacida con el hecho de encontrarse con otras mujeres geólogas en el camino. “Para las salidas de campo nos llevaban en helicóptero, pues la zona era de muy difícil acceso. Al final de todo el proceso de investigación, presentamos los resultados en Alemania e hicimos varias publicaciones científicas”. 




Río Condoto, Chocó, en la ejecución de proyecto de exploración de platino. Rosalba Salinas con sus colegas.


Otra de las experiencias que más la marcó en su paso por Ingeominas fue el apoyo que brindó a un vulcanólogo francés que llegó al país a inicios de los años 80, con el fin de realizar una investigación sobre el Nevado del Ruiz. Esto derivó en que, antes de 1985, a Rosalba se le presentara la oportunidad de integrar un grupo de cinco geólogos para la construcción del mapa de amenaza del mismo volcán. “Sin embargo, un par de meses después se dio la erupción que generó la tragedia de Armero. Para mí, esa experiencia fue muy impactante y por eso no quise volver a trabajar con volcanes”. 


Analizando esa situación con perspectiva, Rosalba siente mayor tranquilidad frente al hecho de que hoy el país esté mejor preparado para gestionar el riesgo volcánico, lo cual es clave para proteger la vida de quienes habitan las zonas de influencia volcánica. Por otro lado, dice que el tiempo también ha hecho de la geología una ciencia más inclusiva, y por eso le emociona saber que actualmente hay tantas mujeres haciendo contribuciones importantes en las distintas ramas de esta ciencia. “Al final, esta es una profesión hermosa. Entender el mundo, nuestra historia, a partir de la geología, fue para mí una enorme satisfacción”. 



Berlín, Alemania, 1987. Rosalba Salinas y sus compañeros de estudio.
Berlín, Alemania, 1987. Rosalba Salinas y sus compañeros de estudio.




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