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Lengua de señas
Ese camino se abrió a sus pies del mismo modo en que la fotografía de su abuelo llegó a sus manos: por la suerte de estar en el lugar y el momento adecuado. Aunque, quizá, la palabra suerte resulte reduccionista para narrar algo que Diego entiende mejor como la obra de un ser supremo. Lo cierto es que la vulcanología llegó con un: ¡toc, toc, toc!
Apareció en su puerta el profesor Edgar Cabrera, un físico de quien no solo había recibido cursos en la carrera de Ingeniería Civil, sino también una oferta laboral que lo había llevado a trabajar, durante sus días de estudiante, en el levantamiento de un perfil geofísico en la vía de Pasto hacia Tumaco. Esta vez, siendo ya un profesional, Diego escuchó con fascinación una nueva propuesta de trabajo de Cabrera, quien le contó que lo habían nombrado coordinador del Comité Regional de Emergencias de Nariño, tras la reactivación del Galeras, y quería que se uniera a su equipo.
La misión sería aplicar sus conocimientos de ingeniería civil para calcular la deformación del volcán: los cambios en la superficie provocados por el movimiento del gas, el magma y otros fluidos en el interior de la estructura. El reclutamiento fue una tarea sencilla para el docente, quien minutos después le pidió a Diego que lo acompañara a buscar a alguien más para unirse a su equipo.
Se trataba de Roberto Torres, quien estudió con Diego en la universidad y fue su compañero de tesis. Ante la pregunta: “¿quiere estudiar volcanes?”, Roberto aceptó de inmediato (hace 36 años), y desde entonces, tanto él como Diego encontraron un segundo hogar en el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Pasto, donde aún siguen aprendiendo y, sobre todo, compartiendo su conocimiento con nuevas generaciones de vulcanólogos. +
El conocimiento volcánico se produce para las comunidades
Los primeros meses monitoreando el comportamiento del “gigante de Pasto” transcurrieron rápidamente. En ese entonces, Diego era un contratista de la Gobernación de Nariño que, desde el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Pasto del SGC, reportaba información del volcán al Comité Regional de Emergencias.
En esa labor no solo lo acompañaba Roberto Torres, sino también Betty Silva, una física que también había sido alumna de Cabrera y que, con el tiempo, como otra muestra de la fortuna de Diego, se convirtió en su esposa. “Lo he admirado desde que nos conocimos. Siempre ha hecho las cosas con dedicación y con la convicción de no dejar nada a medias. Es muy inspirador”, dice ella.
Los tres se ganaron su lugar entre el equipo de vulcanólogos del SGC y fueron vinculados a la entidad (entonces Ingeominas) a principios de los años 90. Esa también fue la época en la que les empezaron a llegar las oportunidades de formación y capacitación internacional, y en la que Diego y Betty se casaron y tuvieron a Luisa Fernanda.
“Obtuve una beca para ir a Japón a estudiar un curso de seis meses en vulcanología. En ese momento mi hija ya tenía un añito. Recuerdo que era muy difícil la comunicación, entonces nos escribíamos cartas y Betty me mandaba videos de Luisa dándole besos a mis fotos, y yo me sentaba a llorar”, dice con la sonrisa de las pruebas superadas.
Además de cursos, la vida le entregó mentores que nombra con gratitud: Fernando Gil, Alberto Quijano, Álvaro Pablo Acevedo, y la pareja de vulcanólogos Bruno Martinelli y Marta Calvache. Por un lado, Martinelli impulsó la investigación de los tornillos, tipos de sismos volcánicos que fueron descubiertos y descritos para la ciencia por Diego, Roberto y Lourdes Narváez. Por otro, Calvache le dejó una de las grandes lecciones de su vida profesional: el conocimiento que se produce en la vulcanología debe trascender los artículos científicos y llevarse a las comunidades que dependen de él para gestionar el riesgo.
Esta idea se incorporó de forma irrevocable en la ética de trabajo de Diego, quien ha ideado distintas estrategias para llegar con información necesaria a comunidades, especialmente indígenas, que habitan zonas volcánicas. Una de ellas fue la que le dio vida a la Bienal Nacional de Niños, Niñas y Jóvenes que Viven en Zonas Volcánicas, un evento inédito para promover la gestión del riesgo volcánico desde los Observatorios Vulcanológicos y Sismológicos de Pasto, Popayán y Manizales.
El evento que cambió la forma de ver los volcanes
“Los volcanes son vida, no sinónimo de tragedia”. Esa es la frase que a lo largo de 14 años se ha escuchado en las bienales volcánicas del SGC, esas que nacieron de un viaje que Diego hizo a Japón para recibir una capacitación en gestión de riesgo volcánico. “En uno de esos días nos llevaron a un museo y nos sorprendieron con la visita de un grupo de niños japoneses que, con ayuda de los traductores, nos hacían preguntas sobre los volcanes. Con ellos fuimos a un campo fumarólico y, después de esa experiencia, quedé inspirado”.
Regresó a Colombia con el firme propósito de crear un evento en el que los vulcanólogos del SGC pudieran interactuar con niños y jóvenes de instituciones educativas ubicadas en zonas de influencia de los volcanes, y presentó la propuesta ante los representantes de distintas entidades como los Bomberos de Pasto y la Cruz Roja Nariño. “Les gustó la propuesta, pero dijeron que lo hiciéramos al año siguiente. Yo venía con las ganas de promover el espacio, entonces les dije que nos viéramos una semana después para analizar qué lográbamos reunir para hacerla ese mismo año. Y así fue”.
La convicción no solo le sirvió para conseguir el préstamo de una sede ideal para el evento, sino para que las otras entidades se sumaran con hospedaje para los niños, materiales pedagógicos, primeros auxilios para la salida de campo, y recursos para la alimentación y el transporte de las delegaciones provenientes de distintas zonas de Nariño, Cauca, Tolima y Caldas. “La primera y la segunda edición las hicimos en Nariño, y ya a partir de la tercera empezamos a rotar la sede con los observatorios de Popayán y Manizales”, dice con alegría.
Las vulcanólogas Gloria Patricia Cortés, del observatorio de Manizales, y Adriana Agudelo, del observatorio de Popayán, han acompañado a Diego desde los inicios de la Bienal. Coinciden en que el compromiso de Diego con la apropiación social del conocimiento, ese concepto con el que definen el proceso de traducir información científica a un lenguaje claro para que las comunidades y personas la usen en acciones y decisiones cotidianas, ha sido el faro de este evento que, en septiembre de este año, tendrá su octava edición en Armero Guayabal (Tolima) para conmemorar los 40 años de la erupción del Nevado del Ruiz.
“La labor que ha hecho Diego para acercar la vulcanología a las comunidades, especialmente de Nariño y Putumayo, ha sido maravillosa. Lo conozco desde 1989, y siempre se ha destacado por su gran responsabilidad y compromiso con mostrar lo que hacemos desde el SGC. Con la Bienal ha construido un legado que esperamos que tenga una larga vida”, dice Gloria.
Adriana la complementa diciendo que “es un profesional excelente y comprometido, pero lo más importante es que es un ser humano muy valioso y un gran amigo, padre y esposo. Tienes enormes cualidades de artista, escritor y deportista. Siempre estaré agradecida por su amistad sincera y por todos los años que hemos transitado juntos en el camino de la vulcanología”.
La puerta grande está entreabierta
En septiembre, Diego estará en la última Bienal siendo funcionario del SGC. En un año cerrará el ciclo de su vida laboral con “la mente preparada” porque, como dice, ha ido aceptando la idea de la jubilación con agradecimiento y satisfacción.
Es posible que al momento de irse del SGC, por la mismísima puerta grande que él ha hecho a su medida con el detalle de un ebanista, la nostalgia se le plante de frente, pero sabe que al cruzarla están otros planes: viajar con Betty y disfrutar más tiempo con sus hijos Luisa Fernanda y Juan Diego; explorar nuevos lugares en bicicleta (un pasatiempo que le dejó la pandemia); retomar las sesiones de pintura que algún día suspendió, y escribir las memorias que ha coleccionado con forma de volcanes.