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Lengua de señas
Una sola frase, expresada hace décadas y sin muchas pretensiones, selló un vínculo misterioso e ineludible entre María Luisa Monsalve y los volcanes. Desde ese momento, estudiarlos y entenderlos en toda su complejidad ha sido la vocación y el trabajo que hoy liga su nombre a cerca de 70 estructuras volcánicas identificadas en el país.
María Luisa Monsalve, geóloga y vulcanóloga del Observatorio Vulcanológico de Manizales del SGC.
Foto: David Amado Pintor
Antes de que sus días giraran en torno a erupciones, magmas, cenizas y cráteres, la atención de María Luisa Monsalve estaba puesta en los cuerpos celestes, de ahí que su primera opción al terminar el bachillerato en Armenia fuera la astronomía. Como esta carrera no existía en el país, su conclusión fue sencilla: “Si no puedo estudiar los otros planetas, voy a estudiar la Tierra”. Con la decisión clara, llegó con su mamá a Bogotá y se matriculó en geología en la Universidad Nacional de Colombia.
El enganche fue inmediato. Aún recuerda esa sensación de pasar del desconocimiento absoluto al descubrimiento fascinante de la formación del planeta, y cómo esa historia que le contaban cada día en clase iba transformando y agudizando su mirada.
Un libro, un deseo y el inicio de una vocación
Aunque no había materias relacionadas directamente con la vulcanología, María Luisa sentía un interés extraño pero especial hacia esta disciplina. Un libro sobre volcanes mexicanos que llegó a sus manos terminó de despertar su curiosidad e hizo que empezara a explorar el tema como estudiante cada vez que podía. Fue entonces cuando el deseo llegó lúcido y simple: “Qué rico sería poder trabajar en volcanes”, se decía.
La primera señal no tardó en aparecer. Cuando debía hacer su tesis, la Central Hidroeléctrica de Caldas le dio a ella y a Marta Calvache, otra reconocida vulcanóloga colombiana, la oportunidad de participar en los estudios que adelantaba en el Nevado del Ruiz. De esta manera, ambas hicieron una recolección de xenolitos (fragmentos de rocas que han quedado atrapados dentro de otra roca cuando esta se estaba formando) en las lavas de este volcán para analizar sus características y su potencial desde el punto de vista geotérmico.
De su época trabajando juntas, Calvache destaca el gran sentido de compromiso de María Luisa. “El reto de armar el rompecabezas que es la reconstrucción de la actividad volcánica en los últimos miles de años significa trabajo sistemático, donde los detalles son indicios y pueden tener un gran significado. Solamente un espíritu científico muy arraigado tiene la capacidad del trabajo en vulcanología y eso es lo que ha hecho María Luisa en su carrera como geóloga”, asegura.
Después de graduarse, María Luisa se fue a París a cursar un posgrado. “Estando en Francia, empecé a estudiar tectónica porque yo iba sin mucho idioma (francés), pero la idea era después hacer algo relacionado con volcanes”, cuenta. No obstante, el 13 de noviembre de 1985, el volcán Nevado del Ruiz hizo erupción y este acontecimiento cambió sus planes radicalmente.
“Yo pienso que es como un camino trazado. A mí me parece muy extraño realmente”, dice mientras recuerda cómo se puso en contacto con uno de sus profesores de la universidad para decirle que quería trabajar en el volcán. Después de esa llamada, empacó maletas y regresó a Bogotá: tenía una entrevista en el Servicio Geológico Colombiano, entonces Ingeominas.
Descubriendo los volcanes colombianos
Tras la erupción de 1985 y la tragedia que arrasó con el municipio de Armero, fue evidente la necesidad de comprender y monitorear los volcanes del país. Sin embargo, la experiencia era incipiente y el conocimiento escaso. A su regreso, en 1986, María Luisa entró a formar parte del SGC para apoyar esta misión.
Como el equipo que trabajaría en el Nevado del Ruiz ya estaba completo, el nuevo destino fue Popayán y su objetivo estudiar las estructuras volcánicas activas que había en la zona. “Comencé a trabajar con el volcán Puracé. Sueño realizado (...) Me acuerdo que la primera vez que fui a comisión me parecía mentira. Yo decía, ‘tengo un volcán para trabajar yo sola’. Me parecía increíble”, recuerda emocionada.
Después del Puracé, vendrían muchos más: Cumbal, Galeras, Cerro Bravo, Azufral y Cerro Machín, por mencionar algunos. “Generalmente trabajábamos dos o tres personas en esos volcanes, pero creo que hubo un conocimiento básico para todos los trabajos que vendrían después”, cuenta María Luisa sobre su primera época en el SGC.
Pero no todo fue estudiar estructuras ya descubiertas; la búsqueda de volcanes estaba por comenzar. Hacia 1989, con los geólogos Bernardo Pulgarín y Héctor Cepeda, identificaron la caldera de Paletará, una estructura volcánica de aproximadamente 35 km de diámetro, dentro de la cual se construyó la cadena volcánica de los Coconucos. Y a comienzos de los años noventa, también con Pulgarín, Alberto Núñez y Francisco Velandia, identificaron el volcán monogenético de La Palma, cerca al municipio de La Plata, en el Huila.
Dejar las botas de campo atrás
En 2001, aproximadamente, María Luisa decidió renunciar a su trabajo en Colombia para irse a Estados Unidos, donde estaba la mayor parte de su familia. “Me acuerdo de que fue un momento muy triste porque cogí mis botas de campo —que son un símbolo para uno—, las puse a un lado, lloré y dije: ‘Hasta acá llegó la geología’. Yo no estaba yéndome con una oportunidad, llegué a Estados Unidos y dije: ‘Bueno, aquí hago lo que sea, como cualquier inmigrante’.
Una vez allí, intentó buscar opciones en su campo, escribiendo al Servicio Geológico de Estados Unidos y a un profesor llamado Barry Voight, con quien había coincidido en el Observatorio Vulcanológico de Manizales años atrás. Este último no tenía un empleo para ella, pero la envió a una conferencia de geofísica en San Francisco donde, según él, podría haber más opciones.
María Luisa durante una comisión en Aguadas (Caldas), 2025.
“En la conferencia me encontré con una vulcanóloga mexicana: Lilian Martín del Pozo. Me dijo: ‘¿Qué hubo? ¿Cómo vas en Colombia?’”. María Luisa le contó que estaba viviendo en Estados Unidos y que trabajaba en un salón de belleza. “¿Cómo se te ocurre? No, no, no”, dijo Lilian. “Estoy trabajando con una profesora de la Universidad de Miami, ella está aquí y voy a ver si nos podemos entrevistar, a ver si te da la oportunidad de trabajar en la universidad”.
Su nombre era Jacqueline Dixon y, aunque ese día no pudieron conocerse, María Luisa la contactó y lo que empezó como un reemplazo a un estudiante de doctorado, se convirtió en seis años de trabajo investigando los volcanes de Hawái. Quizá las botas de campo se habían quedado atrás, pero su vocación siempre encontraba el camino de vuelta.
Seguir escribiendo la historia
En 2007, volvió a Colombia con un cargo provisional y empezó a trabajar con el volcán Doña Juana. “La experiencia en la Universidad de Miami fue absolutamente maravillosa (...) pero también lo fue tener esa sensación de que llegaba a una oficina conocida, con compañeros y temas conocidos. Era como si hubiera salido a vacaciones y hubiera retomado”, cuenta sobre su regreso al Servicio Geológico Colombiano, del cual es funcionaria desde el 2010.
A partir de entonces, la exploración de nuevos volcanes ha sido intensa y fructífera. En 2013, junto con Iván Darío Ortiz y Gianluca Norini, María Luisa encontró el volcán El Escondido, en Caldas. En 2015, fue el turno del volcán Alsacia, cerca a Cajamarca (Tolima), con Jorge Gómez.
Entre 2016 y 2017, también con Gómez y los geólogos Alberto Núñez y María Fernanda Almanza, identificaron nuevas estructuras volcánicas en el Huila, unas 14 aproximadamente. Asimismo, María Luisa participó en la definición de tres campos volcánicos monogenéticos: Moscopán, Isnos-San Agustín y Acevedo. Allí se han identificado 36 volcanes hasta el momento.
Entre 2017 y 2023, Monsalve confirmó e identificó 25 estructuras volcánicas más en el departamento de Caldas, gracias a su colaboración con Iván Darío Ortiz y Harold Ávila, definiendo así el campo volcánico monogenético del noreste de Caldas. Y desde 2020 viene trabajando con ellos dos y con Paola Andrea Narváez y Víctor Camilo Rivera entre Nariño y Putumayo, donde se ubica otro campo monogenético: el de Guamuéz-Sibundoy. En esta zona han identificado más de 30 volcanes.
Para María Luisa esta búsqueda es, ante todo, un esfuerzo en equipo que conjuga experiencia y pasión, desarrollando un sexto sentido que les permite desafiar la espesa vegetación colombiana y encontrar formaciones a veces silenciosas, impredecibles y fascinantes. “Compartir con ella ha sido para mí un regalo de la vida porque me ha contagiado su amor por la vulcanología y porque su vida ha sido un ejemplo de tenacidad que, sin duda, nos compromete con el futuro de la vulcanología en el país. Es una mujer excepcional”, asegura Lina García, compañera de María Luisa en el Observatorio Vulcanológico de Manizales.
Con certeza, los años de trabajo ininterrumpido le han dado autoridad y criterio, pero han mantenido intactas la curiosidad y la emoción que se asoman en su rostro cada vez que está en campo siguiendo las pistas de un posible nuevo volcán.
El cierre de su camino profesional está cerca y, aunque sabe que esta despedida será difícil, lo acepta con calma y con la seguridad de que los procesos que está concluyendo serán la base para la gente que viene detrás.
Parte del equipo del proyecto sobre huellas de ceniza volcánica en Aguadas (Caldas), 2025.
La historia de María Luisa Monsalve con la vulcanología bien podría ser azar, coincidencia, destino o “una cosa rarísima”, como ella misma reconoce. No obstante, escucharla es aventurarse a afirmar que quizá nada ha sido tan fortuito como parece; que la vida ha tejido cuidadosa y oportunamente cada suceso; y que, en definitiva, los volcanes nunca la han abandonado.