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Lengua de señas
La geóloga Diana Espitia hace un trabajo clave para conservar una de las colecciones más importantes de microfósiles en el país y generar conocimiento a partir de ellos.
Diana Espitia es geóloga y, en este momento, se encuentra finalizando una maestría en Geociencias del Petróleo en el Royal Holloway, Universidad de Londres.
Foto: Marcela Han Acero-SGC.
Dedicar los ojos y el tiempo a estudiar la vida de hace miles y millones de años: eso es lo que, día tras día, hace Diana Espitia Vanegas en el Servicio Geológico Colombiano, entre su oficina y la sala de micropaleontología que lleva el nombre de quien fue su gran maestro Hermann Duque Caro. A partir de su ejemplo aplicó sus métodos y afinó la mirada de asombro frente a las diminutas conchillas que extrae de muestras de roca, prepara con técnicas y equipos especializados y observa bajo el estereomicroscopio para descubrir qué pueden contar sobre el pasado.
Diana llegó al SGC en 2021, después de trabajar en el Instituto Colombiano del Petróleo, donde varios años se dedicó a la bioestratigrafía: el análisis de microfósiles para datar, ordenar y correlacionar rocas sedimentarias, lo que permite determinar la edad relativa de las mismas, así como reconstruir la historia de paisajes antiguos y relacionar formaciones geológicas entre distintos lugares, incluso cuando están separadas por grandes distancias.
Cuando se integró a la Dirección de Geociencias Básicas del SGC, en el Grupo de Trabajo de Cartografía, Diana se sintió tan ilusionada como el día en que, cursando décimo grado, visitó la colección de fósiles, rocas y minerales del Museo Geológico Nacional del SGC (antiguo Ingeominas) y confirmó que quería estudiar geología. La conexión con esta ciencia, según recuerda, comenzó en su infancia y por pura intuición, cuando visitaba la biblioteca del colegio para hojear una y otra vez un libro de dinosaurios.
La lectura de fósiles microscópicos
En la oficina de Diana Espitia se encuentra la colección de foraminíferos. Allí se analizan las muestras y se integra la información obtenida con la de otras disciplinas geocientíficas.
Allí, en varios muebles que pasarían desapercibidos para cualquiera, hay 8.900 placas que contienen, cada una, desde decenas hasta cientos de microfósiles. Sus tamaños varían desde una semilla de chía hasta la punta de una aguja fina, y sus formas son diversas: espirales, esféricas, tubulares, con una o múltiples cámaras. Por eso suena acertado cuando Diana explica que Hermann Duque Caro “dejó los ojos” en las placas que conforman su colección, donada al SGC por la familia del geocientífico tras su muerte.
Microfósiles extraídos de muestras continentales y marinas de rocas, suelos y pozos profundos, además de 3.600 documentos con información sobre cada una de las placas, hicieron parte del inventario que hoy ya es una realidad. Con todo listo, “pudimos empezar a estudiar lo que había”, dice Diana, y añade que en ese momento (2022) existía una gran limitación para avanzar en las investigaciones: la falta de equipos y de un laboratorio para el análisis de muestras.
La siguiente fase fue encontrar un lugar adecuado en la sede Bogotá del SGC y desarrollar un proyecto que permitiera adquirir la tecnología necesaria. “Con Julián López, quien actualmente lidera el Grupo de Trabajo de Cartografía, hicimos una propuesta para aplicar a unos recursos de Minciencias. Logramos ganar la convocatoria y, con ello, conseguir lo que necesitábamos y adaptar el espacio que hoy es la Sala de Micropaleontología Hermann Duque Caro”, recuerda.
Sobre esto, Juan Manuel Herrera, director de Geociencias Básicas, explica que “el trabajo de Diana ha sido muy importante porque participó en la formulación del proyecto que obtuvo el primer lugar en una convocatoria de Minciencias sobre la Formación El Carmen. De allí surgió el laboratorio de bioestratigrafía del SGC, una infraestructura clave para analizar microfósiles y entender la edad y las condiciones en que se formaron las rocas”.
Estos aportes reflejan la forma rigurosa en la que Diana trabaja día a día, como lo asegura Julián López, coordinador del Grupo de Trabajo de Cartografía del SGC, quien ha sido testigo del criterio y el nivel de detalle que ella aplica en sus tareas. “Conoce mucho, está muy actualizada, tiene mucho método. Tiene una gran capacidad de concentración, es muy detallista y tiene mucha rigurosidad consigo misma y con lo que hace”.
Todo esto es evidente con una visita al laboratorio, por el cual Diana se mueve con orgullo, narrando los pormenores de la extracción de los microfósiles de las muestras, todavía con cierta incredulidad por haber logrado “revivir” ese espacio que, entre los 60 y 90, existió bajo el liderazgo de Hermann Duque Caro como funcionario del SGC, y que Georgina Guzmán, cartógrafa e investigadora del SGC, conoció de primera mano.
“Me siento tranquila de saber que cuento con Diana. Las personas que hoy trabajan con la colección del doctor Duque no solo saben del tema, sino que también admiran profundamente su trabajo y entienden que, aunque se ha avanzado mucho, aún queda mucho por hacer. Diana es una colega comprometida con su trabajo. Le gusta mucho lo que hace, es organizada, disciplinada y proactiva”, dice Georgina.
Durante los años que lleva en la entidad, Diana ha logrado integrar, de la mano de su compañero Jairo Alexander Duarte, la información de la colección con proyectos de cartografía y estudios del subsuelo que se desarrollaban en el SGC. Así han logrado revisar datos de diferentes cuencas sedimentarias del país y aportar nuevas interpretaciones sobre la edad de las rocas, los ámbitos en los que se formaron y la evolución geológica de las regiones.
En uno de esos proyectos, centrado en una zona del Caribe colombiano, la revisión de información bioestratigráfica permitió detectar una inconsistencia entre las edades que se habían asignado a ciertas rocas en superficie y los registros del subsuelo. Al integrar datos de microfósiles con información sísmica y cartográfica, el equipo logró corregir y reconstruir con mayor precisión la historia de depositación de esas capas de rocas. Este tipo de aportes muestra el valor de los microfósiles para la geología.
El trabajo con la colección también les ha permitido a Diana y a Jairo Alexander implementar nuevos proyectos, con el apoyo del personal técnico. Uno de ellos consiste en transformar el inventario de placas y documentos en una base de datos digital de bioestratigrafía, lo que permitirá consultar la información asociada a cada muestra, su procedencia geográfica y su contexto geológico.
La idea es que investigadores del SGC y de otras instituciones puedan, próximamente, acceder a estos datos a través de una plataforma en línea con herramientas de visualización geográfica. Además, tanto el material micropaleontológico del Museo Geológico Nacional como el de la Litoteca Nacional del SGC ya fueron integradas con la colección de Duque Caro, lo que permitirá consolidar la base de datos digital de bioestratigrafía y, en general, el registro del conocimiento acumulado durante décadas sobre las cuencas sedimentarias del país.
Para Diana, el propósito es claro: que todo ese trabajo —las miles de placas, los informes, las fotografías de campo y los registros de pozos— no permanezca archivado, sino que continúe generando conocimiento. Después de todo, cada una de esas diminutas conchillas guarda una parte de la historia de la Tierra, y bajo el estereomicroscopio aún quedan muchas por leer.