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Lengua de señas
La trayectoria Gloria Patricia Cortés ha dejado un legado imborrable en la dirección de Geoamenazas del SGC. Hoy, después de terminar su trayectoria laboral, se despide de la entidad convencida de que, aunque ya no esté cada día en el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Manizales, siempre será vulcanóloga.
En una vida paralela, Gloria Patricia Cortés sería médica, como su mamá siempre lo soñó; escucharía sobre los cambios de “humor” del volcán Nevado del Ruiz en las noticias, sin ningún interés particular; y conocería Pasto, la tierra del volcán Galeras, solo de “pasadita”. Sin embargo, de haber vivido esa vida, le habrían faltado los saltos al vacío y las lecciones que ha encontrado en esta existencia en la que, por 40 años —35 como funcionaria del SGC y cinco en labores de monitoreo como estudiante—, se ha dedicado a aprender de volcanes y se ha transformado de la misma manera en la que una erupción moldea un paisaje.
En 1983, poco tiempo antes de elegir la carrera de Medicina, como lo planeó por varios años, se le atravesó otra opción. Su papá y profesor de química del colegio invitó a una de sus clases al director del programa de Geología y Minas de la Universidad de Caldas, lo que resultó suficiente para que Gloria abriera el espectro de las posibilidades y empezara a considerar un futuro profesional en el campo de los hidrocarburos. Ratificó esa elección con el impulso de su padre, quien parecía ver, en ese camino, algo que nadie más veía.
Cuando se graduó del colegio, inició el pregrado de Geología con los ojos puestos en la meta de trabajar en una petrolera, pero rápidamente empezó a preguntarse si se había equivocado al descartar la medicina. “En mi semestre éramos nueve mujeres y 51 hombres, y de alguna manera recibíamos el mensaje continuo de que era una carrera para ellos y no para nosotras, sobre todo por las condiciones en las que teníamos que hacer trabajos de campo. Alguna vez, en una salida, me caí sobre el rostro en un camino de piedra, y pensé que tal vez tenían razón”, recuerda Gloria desde su oficina, ese lugar del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Manizales del SGC que está a punto de verla decir adiós.
Siguió en la carrera porque se sintió “retada” al escuchar a su papá decirle a su mamá que si “no era capaz con la geología”, bien podía cambiarse de programa. Y hoy, con perspectiva, agradece que esto sucediera por todas las razones que se mencionarán en esta historia.
La tragedia de Armero, un punto de quiebre en la vida de Gloria
Hacia el final del cuarto semestre de su carrera, Gloria tuvo un día que la marcó para siempre: el 13 de noviembre de 1985. Esa mañana, mientras muchos de sus compañeros se fueron para una salida de campo organizada en la clase de paleontología, una materia que ella aún no veía, se quedó con la frustración de no poder acompañarlos, pese a que su mejor amiga, Eugenia Amparo Vélez, la había invitado a unirse a la experiencia.
“No pude ir porque, al día siguiente, debía presentar un examen que no me quisieron aplazar”, recuerda, y añade que “al salir de la universidad ese día, me fui a estudiar a mi casa con una compañera. Ambas estábamos muy molestas porque no pudimos ir con los demás y renegamos mucho mientras repasábamos para la prueba”.
En la noche, antes de irse a dormir, Gloria vio en televisión la noticia de que el volcán Nevado del Ruiz había hecho erupción. No pudo conciliar el sueño y, a la mañana siguiente, madrugó para ir a la universidad y obtener más información sobre lo que había sucedido. Antes de salir de su casa, esta vez por la radio, supo que el grupo de estudiantes que había ido a la salida de campo estaba en Armero en el momento de la erupción.
“Nos tomamos la rectoría y decanatura esperando a ver qué se sabía, y aunque en principio nos dijeron que estaban a salvo en una finca, luego nos fuimos dando cuenta de lo que había pasado. Ese día, al llegar a mi casa, me llamó una amiga a decirme que uno de los compañeros estaba en Honda (Tolima) gravemente herido, y estaba en shock porque vio morir al mejor amigo. De ahí en adelante pasaron dos semanas muy horribles. De mi amiga no se oyó nada, nunca la encontraron. Del grupo de 30 murieron 11, entre ellos el profesor y el conductor”. Vea aquí el documental Armero: 40 años conciencia volcánica.
Debido a la erupción del Ruiz, que causó la conformación de varios lahares que arrasaron el municipio de Armero, perdieron la vida alrededor de 25 mil personas, una de las catástrofes más dolorosas de la historia del país y de la vulcanología mundial. Para Gloria, esa tragedia se tradujo en un enojo profundo por ese volcán que siempre hizo parte de su paisaje, el mismo que visitó en sus días de infancia para deslizarse en la nieve (muy cerca al icónico “Refugio”).
Del enojo a la fascinación por el volcán Nevado Ruiz
Un mes después de la erupción, Gloria Patricia no tuvo más remedio que ir, por insistencia de su padre —de nuevo impulsándola—, a una reunión convocada por el Comité de Estudios Vulcanológicos - Comunidad Caldense, un ente creado por distintas instituciones gubernamentales y que, con el tiempo, dio paso al Observatorio Vulcanológico de Colombia, hoy Observatorio Vulcanológico Sismológico de Manizales (OVSMA) del Servicio Geológico Colombiano.
En esa reunión, recuerda, los investigadores del Ingeominas (actual SGC) invitaron a los estudiantes presentes a unirse al equipo de monitoreo del volcán, una actividad que, para entonces, incluía la lectura de sismogramas registrados en papel ahumado, los cuales permitían identificar los tipos de sismos que ocurrían al interior de la estructura (por fracturamiento de roca, por paso de magma o gases, etc.).
“Nos pagaban 150 pesos la hora, nos daban comida y nos pagaban el taxi. Los turnos eran cada cuatro horas. Yo dije que sí. Ese 15 de diciembre del 1985 empezó mi vida en la vulcanología, y lo hice porque mi papá me dijo: vaya para que escuche qué fue lo que pasó y no vuelva a pasar. Desde eso ya han pasado 40 años”.
Los siguientes cinco años, incluyendo el tiempo de desarrollo de su trabajo de grado (enfocado en señales sísmicas volcánicas), Gloria Patricia monitoreó el volcán, vio nacer el OVSMA, conoció a vulcanólogas que la inspiraron, como Marta Calvache y María Luisa Monsalve y, en 1990, se graduó como geóloga. Ese periodo no solo le permitió entender que el monitoreo volcánico es indispensable para prevenir tragedias como la de Armero, sino que la ayudó a reconciliarse con el Ruiz. Aún así, pensó que lo que estaba por venir era una búsqueda laboral en el sector de los hidrocarburos, pues no había vacantes para continuar trabajando en monitoreo volcánico.
“Esa fue la primera vez que la vi”, dice Milton Ordóñez, vulcanólogo pastuso que se ganó el corazón de Gloria —con mucho tiempo y paciencia, cuenta ella con gracia— y que, con el tiempo, se convirtió en su esposo y padre de sus hijos. “Parecía una princesa hawaiana y, además de su gran presencia, lo que más me impactó fue su amabilidad. Había salido del examen y de la entrevista y, aunque no sabía el resultado, estaba muy positiva y alegre”.
En enero de 1991 se posesionó como funcionaria del OVSPA y, por los siguientes siete años, Gloria Patricia no solo se dedicó al monitoreo volcánico, sino que empezó a salir a campo con Marta Calvache, a quien llama su gran maestra, para contribuir a procesos como la geología y estratigrafía de volcanes, y la evaluación de amenaza de complejos volcánicos como Galeras, Chiles-Cerro Negro, Azufral y Doña Juana.
La vulcanología tiene sentido cuando se construye con comunidades
“Gloria impulsó, implementó y desarrolló diversas estrategias orientadas a fortalecer el trabajo con las comunidades ubicadas en áreas de influencia volcánica del segmento norte de Colombia, muchas de las cuales continúan vigentes hoy en día. Desde mi punto de vista, además de sus publicaciones científicas y participación en diversos estudios geológicos relacionados con amenazas volcánicas, su mayor legado es el trabajo con las comunidades, a las que dedicó jornadas extenuantes para la prevención del riesgo volcánico”, dice Lina Marcela Castaño, actual coordinadora del OVSMA.
Lina conoció a Gloria en 2013, cuando Gloria ya llevaba tres años como coordinadora del OVSMA (lo fue entre 2011 y 2018, y entre 2021 y 2022). Para entonces, había trabajado, entre 1999 y 2002, en geología de volcanes, especialmente en la elaboración del mapa de amenaza del volcán Cerro Machín, y había sido, entre 2004 y 2011, coordinadora nacional del Proyecto de Monitoreo Volcánico de la entidad, un período en el que pudo impulsar la ampliación y modernización de los equipos de monitoreo en los observatorios de Pasto, Popayán y Manizales.
Sobre esto último, Lourdes Narváez, vulcanóloga y coordinadora del observatorio de Pasto, recalca que la adquisición de equipos y la contratación de personal que Gloria logró hacer en ese momento, de la mano de Marta Calvache, permitió reestructurar los observatorios, ampliar el número de volcanes monitoreados y producir nuevo conocimiento para el país. “Gloria siempre ha sido una visionaria, y con esto logró darle un vuelto a la manera en la que estábamos monitoreando los volcanes en Colombia”.
Como coordinadora del OVSM, Gloria se planteó un gran objetivo: acercar el conocimiento científico a las comunidades volcánicas, así como lo habían hecho sus colegas Diego Gómez y Adriana Agudelo en las coordinaciones de los observatorios de Pasto y Popayán, respectivamente.
De hecho, junto a ellos, ha realizado uno de los eventos más emblemáticos del SGC: la Bienal Nacional de Niños, Niñas y Jóvenes que Viven en Zonas Volcánicas, un escenario al que, durante ocho ediciones, han llegado decenas de instituciones educativas y estudiantes para recibir un mensaje claro: tragedias como la de Armero no se pueden volver a repetir y, por ello, la ciencia y las comunidades deben seguir construyendo un camino común para la prevención del riesgo. Ver video Así vivimos nuestra Bienal: ¡el evento más bonito del SGC!
Para asegurarse de que la información volcánica llegue a sus públicos de interés, otra de las apuestas de Gloria Patricia durante la coordinación del observatorio de Manizales fue el relacionamiento con medios de comunicación. “Mi papá, además de ser profesor, fue periodista en Todelar y fue una de las personas que se encargó de hablar sobre los cambios que estaba teniendo el Ruiz antes de la erupción del 85. Por eso cuando llegué a la coordinación me dijo que tenía que hacer lo de las gallinas: cacarear todo lo que hacía”.
Gloria Patricia Cortés durante una salida de prensa al volcán Cerro Machín. Foto: Laura Campos Encinales - Servicio Geológico Colombiano.
“En los momentos más complejos, cuando hay noticia, siempre estuvo Gloria: explicando en tiempo real cada cambio del Nevado del Ruiz. Su forma didáctica de enseñar cómo funciona el planeta, y el amor que siente por el volcán, nos permitió informar con rigor, sin generar miedo. También nos ha ayudado mucho a narrar la tragedia de Armero para que nunca se olvide, y a contar lo que significa vivir cerca de un volcán”.
“Ser vulcanóloga es para toda la vida”
A pocas semanas de retirarse de la entidad, y mientras mira la oficina a la que llegó cada día por tantos años, Gloria dice entregó todo al SGC y recibió todo de la entidad, incluso el tesoro más grande de su vida: la familia que conformó con Milton y sus hijos Juan Camilo e Isabella. Está nostálgica, sí, pero también está segura de que completar su vida laboral no significa dejar de ser vulcanóloga. Incluso ahora tendrá más tiempo para ponerse al día en todos los libros que le han recomendado sobre volcanes, así como de planear viajes a muchos que aún no conoce.
Mientras la ve prepararse para decir adiós, sus colegas le auguran una vida como la que ha tenido hasta ahora: apasionada, alegre e inspiradora. Lourdes Narváez le dice que “seguiremos siendo hermanas elegidas; Lina le asegura que “su ejemplo de dedicación, vocación y compromiso con la ciencia y la sociedad permanecerá vivo”; y Milton le desea que “camine sin prisa y vuelva a leer para soñar, no para analizar. Que explote sus habilidades artísticas y plasme en ellas su amor por los volcanes y su gente. Y que su jovialidad y optimismo ya no estén puestos solo en el trabajo, sino en su propia felicidad”.
Hoy, después de todo, Gloria agradece que cambió la medicina por la geología, que aprendió a querer al Ruiz para entenderlo y evitar historias dolorosas como la de su amiga Eugenia, y que la vida que eligió ha terminado siendo mucho más grande de lo que alguna vez imaginó.