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Lengua de señas
Este ingeniero químico habla con pasión de los procesos que lidera desde el laboratorio de la sede Medellín del SGC, como la separación de circones, palinomorfos y foraminíferos, y de la preparación de secciones delgadas doblemente pulidas, pero, más allá de eso, revela lo que más le inspira su trabajo: la posibilidad de compartir lo que sabe y nunca dejar de aprender.
“Cuando mi mamá estaba en embarazo mío, estaba en un salón dando clases, igual que mi papá”, dice John Mauro Castaño, quien, antes de convertirse en ingeniero químico, magíster en Economía y líder del laboratorio de la sede Medellín, pasó su infancia y adolescencia honrando el oficio de sus padres mediante su vocación de estudiante ejemplar, con hábitos de lector voraz y un amor infinito por los números. Como lo dice él: un “ratón de biblioteca”, bastante introvertido, que siempre prefirió hacer tareas antes que salir a jugar en la cuadra con sus vecinos del barrio Villa Hermosa (Medellín).
Gracias a su dedicación a la vida académica, tuvo pronto la certeza de que la ingeniería química era su camino, pues no solo le iba a permitir explorar los procesos fascinantes de los laboratorios, sino también alimentar la curiosidad por las posibilidades de las matemáticas.
De lo que no estuvo tan seguro fue del lugar que eligió para su formación, por lo que tras cursar tres semestres en la Universidad Pontificia Bolivariana se fue para su refugio: la Universidad de Antioquia, un lugar al que recuerda con tanta gratitud que, pese a su timidez natural, hace que le broten las palabras: “es una madre, un lugar muy especial que te enseña de solidaridad, respeto por la diferencia y compañerismo”.
Durante su época universitaria no solo vivió algunos de los mejores días de su vida y experimentó la sensación de plenitud por la oportunidad de aprender y compartir el conocimiento con sus docentes y compañeros, sino que también vivió uno de los episodios más trágicos para su familia.
“Casi matan a mi papá. Era la época de la violencia en Medellín. Él era profesor de un colegio en un barrio de difícil acceso y, después de una jornada de clases, salió en su carro junto a una compañera a la que iba a acercar, pero resulta que a ella le hicieron un atentado por haber reprobado a una alumna. Ella perdió la vida y mi papá estuvo muy grave”.
Después del suceso, su padre inició un proceso de recuperación al que John Mauro llama un milagro. “Por eso creo en Dios y tengo fe”, dice con la misma convicción con la que habla de la ciencia que, desde hace 20 años, desarrolla desde los laboratorios del SGC.
De estudiante a profesor en los laboratorios del SGC
Al graduarse de la universidad tuvo varios trabajos: hizo planes de manejo ambiental en una empresa de extracción de calizas; dictó clases de matemáticas, cálculo e investigación en un colegio femenino —donde siguió con orgullo los pasos de sus padres—; hizo parte de la Unidad de Planeación Minero Energética, específicamente en procesos de refinación y petroquímica; y pasó por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, donde contribuyó a proyectos relacionados con la erradicación del trabajo infantil en la minería y formalización de las actividades mineras.
Luego llegó un día memorable: el 16 de septiembre de 2005, su fecha de inicio en el Servicio Geológico Colombiano (entonces Ingeominas), en la sede Bogotá. Allí hizo parte del laboratorio de carbono hasta que, dos años después, le llegó una oportunidad por la que aún siente gratitud: “el compañero del laboratorio de Medellín se iba a jubilar, entonces regresé a la ciudad y pude reemplazarlo. Pasé de la matriz de carbones a geoquímica, es decir a hacer análisis de suelos para caracterizar su composición, lo que permite extraer información, por ejemplo, para que los cartógrafos complementen sus mapas”.
Con el tiempo empezó a incursionar en nuevas temáticas de investigación, como la separación de circones, los minerales más antiguos del planeta, claves para conocer la edad de las rocas y entender la evolución geológica del país. “Nos hemos ido especializando en esta separación, teniendo en cuenta que no es un proceso sencillo”, cuenta, y añade que para ello se debe triturar y pulverizar la muestra y separar los circones de otros minerales a través de distintas técnicas.
“El ingeniero John Mauro es muy metódico y organizado. Es un excelente coordinador en los procesos y en los tiempos de entrega de las muestras. Tiene mucha paciencia y sabe mucho, entonces es estupendo para enseñar”, afirma Daimer Daza, técnico de laboratorio, confirmando que, al igual que sus padres, John Mauro tiene un espíritu de docente, siempre dispuesto para responder preguntas e incentivar la búsqueda del conocimiento.
Con esto está de acuerdo Luis Alberto Herazo, técnico de laboratorio que ha trabajado con John Mauro desde hace tres años. “Siempre está acompañándonos, revisando cómo está nuestro trabajo, dándonos ideas y recomendaciones, y siempre se acerca a preguntarnos cómo vemos las muestras, si se puede o no trabajar con ellas. Es muy organizado y tiene mucho compromiso con la entidad, algo que he aprendido de él”.
Además de la separación de circones, el laboratorio de Medellín también está desarrollando las capacidades técnicas y humanas para implementar procesos como la separación de palinomorfos (microfósiles orgánicos microscópicos que se encuentran en sedimentos y rocas) y foraminíferos (microfósiles de organismos unicelulares), fundamentales para las investigaciones de paleoclima y cambio climático adelantadas por el SGC.
Estas últimas son indispensables para entender cómo y cuándo se han dado las variaciones, bien sea por eventos naturales o antrópicos, de las temperaturas, la precipitación, la humedad y la respuesta de la vegetación a lo largo de la historia geológica, pero también para determinar cómo y cuándo las acciones de los seres humanos sobre el planeta han empezado a modificar el comportamiento del clima. Ver más aquí.
A lo largo de estos veinte años, John Mauro, junto al equipo del laboratorio y a los profesionales de la sede Medellín, no solo ha perfeccionado técnicas y consolidado nuevos servicios para diferentes áreas del SGC, sino que también ha construido un espacio donde la pasión y el método contribuyen al conocimiento geológico del país. El laboratorio de Medellín, que ayudó a diseñar y que ha visto crecer, es su segundo hogar y, “si Dios quiere”, lo seguirá siendo por los próximos siete años (hasta su jubilación).
“He disfrutado de la belleza de los procesos en el laboratorio. Saber que las muestras que recibimos tienen miles de años de historia y que podemos ayudar a revelarla es muy interesante. Desde preparar una sección delgada, que permite identificar la mineralogía de una roca, hasta separar un circón que es una cápsula del tiempo, es muy satisfactorio, y es lo que quiero seguir haciendo”, concluye, convencido de que la ciencia, hecha con rigor y sensibilidad, le seguirá permitiendo vivir su vocación de buen alumno y docente.